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En resumen
En 2021, Mark Zuckerberg renombró Facebook como Meta y declaró que el metaverso sería el futuro de internet. Dos años después, la división Reality Labs había perdido más de 40 mil millones de dólares. El metaverso, tal como se vendió, no llegó.
En 2021, Mark Zuckerberg renombró Facebook como Meta y declaró que el metaverso sería el futuro de internet. Dos años después, la división Reality Labs había perdido más de 40 mil millones de dólares. El metaverso, tal como se vendió, no llegó.
Pero algo sí pasó. Algo menos espectacular y más interesante.
Mientras el hype se desinflaba, la tecnología inmersiva encontró caminos que nadie había puesto en la portada de una revista. No fue el metaverso de las conferencias TED. Fue algo más discreto, más útil y con aplicaciones concretas que ya están transformando industrias en México y América Latina.
La promesa original era ambiciosa: un universo digital persistente donde vivirías, trabajarías, comprarías y socializarías. Un Second Life con esteroides. Esa visión fracasó por una razón simple: nadie la necesitaba.
Lo que sí funcionó fueron los mundos virtuales con propósito específico. Plataformas de capacitación industrial donde un técnico en Monterrey puede practicar el mantenimiento de una turbina sin riesgo. Simuladores médicos donde un cirujano del Hospital Ángeles puede ensayar un procedimiento complejo antes de tocar al paciente. Showrooms virtuales donde una inmobiliaria en CDMX permite recorrer un departamento que aún no existe físicamente.
La diferencia es que estos mundos no intentan reemplazar la realidad. La complementan en contextos donde tiene sentido económico hacerlo.
De todas las promesas del metaverso, la que más avances concretos ha tenido es el comercio inmersivo. Apple lanzó Vision Pro con una apuesta clara: la computación espacial como siguiente interfaz. No es un visor de realidad virtual para jugar. Es un dispositivo para trabajar, consumir contenido y, eventualmente, comprar de formas que una pantalla plana no permite.
En México, el ecommerce creció 23% en 2023 según la AMVO, pero las devoluciones siguen siendo un problema costoso. Ropa que no queda. Muebles que no caben. Colores que se ven diferentes en pantalla. La realidad aumentada ataca ese problema de frente: IKEA ya permite colocar muebles virtuales en tu sala a través del celular. Amazon prueba vestidores virtuales. Liverpool y Coppel están explorando funcionalidades similares para el mercado mexicano.
No es metaverso. Es comercio electrónico con una capa de información espacial que reduce incertidumbre. Y reducir incertidumbre en ecommerce se traduce directamente en menos devoluciones y mayor conversión.
La telemedicina en México explotó con la pandemia. Pero una videollamada sigue siendo una experiencia limitada. No puedes palpar, no puedes observar con detalle, no puedes hacer un examen físico.
Los avances en sensores, cámaras de profundidad y procesamiento de imagen están cambiando eso. Ya existen dispositivos que permiten al paciente tomarse signos vitales en casa con precisión clínica y transmitirlos al médico en tiempo real. Startups como Docademic (mexicana) exploraron la telemedicina con IA antes de que fuera tendencia.
El siguiente paso no requiere un metaverso completo. Requiere mejores interfaces. Requiere que el médico pueda ver una representación tridimensional del paciente, rotar una imagen de resonancia magnética en el espacio, señalar con el dedo un área problemática. Eso ya es posible técnicamente. Lo que falta es adopción, regulación y costos accesibles para el mercado latinoamericano.
Si hay un área donde la tecnología inmersiva demostró valor medible, es la capacitación industrial. FEMSA usa simuladores de realidad virtual para entrenar operadores de plantas. Pemex ha experimentado con gemelos digitales de instalaciones petroleras. Bimbo exploró entrenamientos inmersivos para procesos de manufactura.
La lógica es simple: entrenar a alguien en un entorno virtual es más barato y seguro que hacerlo en una planta real, especialmente cuando los errores pueden costar vidas o millones de pesos en equipo dañado. El ROI se calcula en accidentes evitados, en tiempo de capacitación reducido y en consistencia del entrenamiento.
Este no es el metaverso glamoroso de las presentaciones de CES. Es tecnología inmersiva aplicada a problemas industriales reales. Y es donde está fluyendo la inversión seria.
México tiene algo que la mayoría de los países tecnológicos envidian: patrimonio cultural masivo. Chichén Itzá, Teotihuacán, el Museo Nacional de Antropología, las zonas arqueológicas de Oaxaca. La tecnología inmersiva no reemplaza la visita física a estos lugares. Pero puede ampliar drásticamente su alcance.
El INAH ha digitalizado parcialmente algunas zonas arqueológicas. Proyectos independientes han creado recorridos virtuales de museos mexicanos. El potencial es enorme: un estudiante en Chiapas que no puede viajar a CDMX podría recorrer el Palacio de Bellas Artes en realidad virtual con un nivel de detalle imposible en un libro de texto.
También hay un ángulo comercial. Experiencias inmersivas premium que complementen el turismo físico. Imagina visitar Teotihuacán y, a través de un visor, ver la pirámide del Sol con sus colores originales, tal como lucía hace mil años. Eso no es metaverso. Es storytelling con tecnología.
El metaverso como concepto unificado está muerto. Nadie va a vivir en un mundo virtual persistente operado por Meta. Pero la tecnología que lo hizo posible sigue avanzando: procesamiento espacial, realidad aumentada en el celular, gemelos digitales, interfaces naturales.
Para las empresas en México, la lección es pragmática. No se trata de "entrar al metaverso." Se trata de identificar dónde una capa de información espacial o una experiencia inmersiva resuelve un problema real del negocio. Si la respuesta es "en ningún lado," no hay prisa. Si la respuesta es capacitación, comercio o visualización de productos, la tecnología ya está lista. Solo falta la decisión de usarla.
ISDI México
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